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Poloncho

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Desde pequeño era mal estudiante, vamos, como que pasaba de ir al colegio. Se pasaba las tardes en las sucias calles de Detroit, en la peor época posible. 

Aun así se acopló bien, y aunque la situación no era la mejor, Poloncho se dedicó a observar, sin más, no tenía amigos, puesto que olía mal y tampoco es que fuera un niño muy hablador, apenas sabía. Con el paso de los años, ese niño que solía estar sentado mirando a la gente pasar, empezó a hablar y tanto las bandas de la zona como la policía, supieron sacar tajada de aquello. Ambos bandos se dedicaban a darle cosas a cambio de chismorreos, una hamburguesa, unas chuches... cualquier cosa por la que un niño con esa situación aceptaría.

La calle lo fue amolando, y fue aprendiendo el arte del sigilo, del saber administrar la información y saber hasta donde puedes contar y a quien. Poloncho fue haciendose mayor, y sus exigencias en cuanto a la información que daba subía, como era normal, unas zapatillas nuevas, una triple burguer con queso con patatas deluxe... un barrio chungo necesita alguien que filtre para que no estalle.

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